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Notas Autobigráficas

Notasautobiograficas

“Como algunos dirán que soy un pintor destacado, siempre pienso que después de muerto si se le ocurre a alguien escribir algún artículo más o menos extenso o un pequeño libro sobre mi vida de pintor, quizás mi familiares no sepan o recuerden los pasos que fui dando en la pintura.

Recuerdo que de muy pequeño, como todos los pintores, comencé dibujando en las tapas de los cuadernos y libros. Dos temas me obsesionaban, uno era los autobuses, eran los primeros y corrían como locos para sacarse los pasajeros, no tenían horarios. Me parecían autos de carreras en sus pasajes frente a mi casa. Además aquellos bólidos con nombres como “La Espada”, “Valle Muñoz” hacían volar mi pensamiento preguntándome que paisajes irían acumulando en su recorrido, a que misterioso mundo llegaban cuando los veía que iban calle arriba o calle abajo.

 

El otro tema eran los golkipers volando y atrapando la pelota. Hoy me doy cuenta que como soñaba con aquellos recorridos misteriosos de aquellos autobuses también había misterio, magia en aquel hombre que volaba y mágicamente atrapaba aquella pelota que iba a un rincón desconocido, ...igual que aquellos autobuses.

Así pasé dibujando hasta que por un altercado entre mi madre y la maestra pública, mis padres me pasaron a una escuela privada y allí viví una de las emociones más grande de toda mi vida. El día que entré a esta escuela, fui a una sala grande donde en una mesa también grande una profesora daba clase a niños pequeños y más grandes. La puerta de la habitación estaba abierta y por ella entraba un olor de pintura y aguarrás que a mí me parecía el manjar más delicioso al que podía aspirar. Desde ese día mi atención se dividió entre las cuentas, la ortografía a la que debía atender y aquel rincón debajo de una escalera donde una mujer jorobada, pequeñita enseñaba a pintar copiando postales, de allí provenía aquel olor maravilloso a pintura. Aquel rincón era para mí la alfombra mágica que transportaba mi imaginación en viajes al color, que me hacía soñar en mundos maravillosos. Había magia para mí en esas dos personas calladitas como conspirando, que con los pinceles y los tubos de color hacían aparecer paisajes, flores, animales sobre una tela blanca. Mundo maravilloso que solo disfrutaba de lejos hasta que un día me enviaron a estudiar al Liceo Francés y entonces sí pude comenzar, como premio a conspirar con aquella jorobadita para también yo hacer aparecer paisajes desde la pintura de mis dedos.


Allí pasé 3 años pintando todas las tardes de los sábados sobre tela, sobre platos de madera y sobre todo pintando sobre raso para que mi madre llenase luego la casa de almohadones con paisajes chinos o nevados con renos. También cuando ya era más hábil pinté algunas cabezas de perros, pero llegó el momento que aquella jorobadita le dijo a mi madre que no me mandase más ya que no tenía nada más que aprender. La tarde de los sábados me quedaron libres y ya me sentía un pintor.


Por ese tiempo también jugaba al fútbol y no fue casualidad que lo hiciese de golkipper, es que sentía como cuando dibujaba en las tapas de los cuadernos, el milagro de volar, era la magia de los músculos, la magia de realizar las paradas más difíciles por los goleros más famosos del fútbol uruguayo. Yo sentía una gran admiración, eran casi sobrenaturales en sus atrapadas más maravillosas, para mí era magia como la de los pintores. En ese tiempo en que el fútbol llenaba mis ratos libres quiso el destino que al lado de un terreno baldío en el que jugábamos viniese a vivir un pintor. Desde ese momento como en la escuela que aprendí repartía el tiempo de juego con el que pasaba vichando a través de los agujeros de una tapia los cuadros que colgando de las paredes las tapizaban de color. Allí veía en aquellas telas una fuerza de color como nunca había visto, paisajes al medio día, atardeceres llenos de azules, violetas y rosados, soles amarillos y lunas azules. Entonces comencé a esperar que aquel pintor saliese con su caballete y caja de pintura para seguirle siempre a distancia de unos 80 o 100 metros, así en vez de quedarme a jugar al fútbol en aquel terreno iba a parar a campos cercanos o al Prado. Veía como aquel pintor armaba su caballete y se ponía a pintar, después de dejar pasar un tiempo respetable me iba acercando, nunca hasta al lado, sino a una distancia apropiada que aunque desde lejos me permitiese ver su pintura.
Así pasé tiempo, diría que mucho tiempo, hasta que en uno de mis primeros viajes de pantalón largo al centro pasé por una galería y encontré en ella aquellas pinturas, hablé con aquel pintor, era Zoma Baitler y ese día me aconsejó que entrara a estudiar en el Círculo de Bellas Artes. 
Desde que había dejado de aprender con aquella mujer pequeñita con joroba hasta que entré en el Círculo transcurrieron unos 5 años que me dieron tiempo de pintar una cantidad de paisajes de verdes ácidos y cielos fríos. Fueron años perdidos en los que copiaba postales y trataba de copiar también la naturaleza, 8 años perdidos. Dejé de estudiar y dejé el fútbol cuando entré al Círculo, a los 8 años sin saber en realidad nada de pintura y allí en los primeros meses se me abrió el mundo de la otra pintura, de la verdadera. Tuve como profesor a Guillermo Laborde, pienso que nunca simpatizó conmigo, yo veía el tiempo y la simpatía que dedicaba a los otros y conmigo era distante y frío. Hoy pienso que como no podía absorberme, imponerme su manera de pintar, sí lo hacía con los otros y que apenas entrando al Círculo tuve distinciones en los Salones Nacionales le había llevado a tener esa frialdad conmigo. En esos 4 años que iba al Círculo falleció Laborde y tuve muy poco tiempo a Cúneo como profesor.


Durante estos años de estudiar en el Círculo de Bellas Artes, fueron los años 39, 40, 41 y 42 mantenía relación con Zoma Baitler al que siempre visitaba en su estudio. Un día me dijo que iba a la casa de Joaquín Torres García y me preguntó si quería acompañarlo, le dije que sí y allí fuimos.
La casa de Don Joaquín me pareció un santuario, aquel viejo de barba grande y blanca parecía un sacerdote. Hablaba con Zoma Baitler y yo escuchaba, no recuerdo aquella conversación pero Don Joaquín vivía tanto la pintura que me sentí atraído por aquel hombre, sobretodo cuando terminó la charla y nos dijo “vayan a pintar y luego me traen lo que hayan hecho”. Fuimos por el Prado y allí armamos los caballetes frente a un chalet viejo y lo pintamos. Torres García me corrigió esa obra con dos pinceladas en 2 columnas de la galería del chalet, fue lo único que corrigió. En la segunda obra que le llevé no corrigió nada, la encontró bien, esa fue la última vez que le ví, ya que en esos días había una reunión en el taller para prohibir hacer envíos al Salón Nacional. Como quiero mucho mi libertad me levanté y dije buenas tardes y me fui de la reunión. Solo había apenas alcanzado a pasar por el taller.


Seguí mandando a los salones y obteniendo premios.


Por el año 48 me encontré con Espínola Gómez al que conocí en el Círculo de Bellas Artes, conversando me dijo que se radicaba en Montevideo, entonces hablamos de formar un grupo, como él no conocía a nadie me encargué de hablar a dos pintores que conocía y en los que creía, el tiempo me dio la razón, uno era Juan Ventayol que vivía en Montevideo y el otro Luis Solari que vivía en Fray Bentos. Solari que estaba perdido en el litoral se sintió distinguido y apoyado. Espínola conoció después a estos dos pintores, formamos el grupo “Federico Saez”, expusimos juntos en Amigos del Arte en el año 49.


En el año 50 volvió a exponer el grupo pero en esta segunda y última vez colgaban en las Salas la obra de Ventayol, Espínola y Solari dejando constancia en el catálogo de mi ausencia debido a mi viaje por Europa.


Pasé un año y medio recorriendo museos y viendo obras por cuanto rincón había. Viví unos meses en Madrid escapando al frío de noche y preparando un boceto que luego envié a Montevideo, aproveché ese tiempo haciendo algunos estudios como grabado y afresco en la academia de San Fernando. También de tarde dibujaba en la clase de modelo vivo grandes carbones de los que no puede conservar ninguno ya que los destrozaba el profesor con trazos curvos, blandos y amanerados después de decirme que mi dibujo tenía mucha fuerza, que me parecia a los muralistas mexicanos.


La clase de afresco la dictaba el pintor Vazquez Díaz, pintor famoso en España, andaluz lleno de gracia que nos contaba sus historias de París con Juan Gris, Roden y otros.


En París concurría a la Sala de croquis de la Academia Grande Chamiere en Mont Parmasse y como vivía en el mismo barrio de noche concurría al café Selet donde noche a noche veía en mesa cercana a la mía a Zakine y Giacometti, también ffrecuentaban a este café pintores españoles de la escuela de París. Encontré a Chagall dos veces, la primera en un Salón de pintura en Ville France, ciudad a la que había llegado donde yo debía embarcarme para Montevideo.


También recuerdo que en el 50, en Venecia en la sala de una exposición montada para protestar contra la Bienal de Venecia vi a De Quirico. En esa Bienal ví por primera vez la obra de Pollok.


Un año y medio de viaje por la vieja Europa, viendo día a día las maravillas del arte desde las cuevas de Altamira y Lascaux hasta las pinturas de Pollok.


Si desde el 40 al 50 solo pinté algunos cuadros para los salones Nacionales desde el 50 al 58 no hice nada, no pinté nada.


En el año 55 volví a Europa con intensiones de quedarme pero no pude por problemas familiares, en este viaje volví a Francia y España. En París visitando una muestra de Giacometti en la galería Macglot encontré a Picasso, estaba comentando la obra de Giacometti con el galerista, la obra le entusiasmaba a Picasso. Salí y entré a otra galería donde se exponía la obra de (ilegible) , el tema era Nueva York; sentí una conversación, era Picasso que había llegado. Seguí parado en el medio de la sala y Picasso se acercó, se paró casi pegado a mí, vi sus famosos ojos de los que tanto se habló y ciertamente eran brillantes y de gran vivacidad. Pegado a mí recorrió con la mirada las cuatro paredes y se retiró, fue evidente que no le interesó nada. Estuvimos solos, en silencio y no sentí ningún impulso a dirigirle la palabra.

En el año 58 vuelvo al ritmo de antes, pinto un cuadro para el Salón y gano un premio. En el año 60 envío y gano el Gran Premio en un salón que se hace en Minas, luego dejo otra vez de pintar hasta el 67 que realizo un par de obras para el Salón General Electric. Una vez más sigo sin trabajar hasta el 73 que realizo una témpera pequeña que integra un envío de pintura uruguaya a Buenos Aires. En el año 74 sin obra en la mano y sin saber que camino a tomar en la pintura regreso a España, a Madrid a los 54 años para correr la aventura que siempre había postergado por diferentes razones, comenzar a vivir como pintor, enfrentar las dificultades y en un medio exigente como el europeo develar el misterio que siempre me había acompañado, si realmente yo valía algo.

Desde el año 74 estoy en España y vivo de la pintura, pero más importante que vivir de la pintura es el prestigio ganado como artista por los juicios de pintores, críticos y galeristas españoles.”

“Los temas del ferrocarril lo descubrí una tarde de verano que salí con el camión y llegué hasta la calle Laguna Merín que cruzaba las vías, desde allí ví la fábrica de portland , era una tarde serena un atardecer lleno de violetas, azules, lilas, rosas y rojos sobre las vías con humos al fondo de la ciudad que se levantaban perezosamente. Con este cuadro fue la primera vez que gané un premio ( Fernando García ), luego seguí con el tema de las vías ganando premios hasta que pronto lo dejé porque sentía que me amaneraba.”

Washington Barcala

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